viernes, 14 de noviembre de 2014

Homenaje al Sensei Ricardo Cuevas Aikido Kurata Dojo

http://kiawasedojo.blogspot.com.ar/2011/10/ricardo-cuevas-el-adios-un-amigo.HTML

<img src="//lh5.googleusercontent.com/-FyKTvMfDGWk/AAAAAAAAAAI/AAAAAAAAAB4/GxCM36bFgl4/s512-c/photo.jpg" width="35" height="35" class="photo" alt="">taesungkwan hapkido dijo...
Revisando blogs leo el fallecimiento de un gran practicante y maestro del Aikido, Ricardo Cuevas, con el que aprendi muchísimo, mas alla de las técnicas.Debo admitirlo, conceptos como que lo suave tiende a lo duro, y lo duro a lo suave como en un circulo, y donde la mente en blanco, mushin,prevalecera sobre la adversidad, no te lo enseñaba cualquiera, pero lo mas lindo es que lo practicaba en el tatami, y quedábamos pagando con El. que era mayor que nosotros. Se que su búsqueda era espiritual, y el Aikido un camino, nada mas para esta búsqueda, y eso también lo aprendi. Si somos seres epirituales, encapsulados en cuerpos de materia, maestro ya estaras con Oh Sensei, y seguro prarando el tatami para tus siempre compañeros de practica. Seguimos el camino del aprendizaje, con la sola recompensa de caminar. ¡¡ Hasta siempre maestro !!

domingo, 21 de septiembre de 2014

La advertencia



El samurai alto entró en el pequeño pueblo, al este de Kyoto, en la isla de Honshu. Su Ayigasa, un sombrero de junco revestido de seda, que llevaba caído tapando su frente, proyectaba una sombra sobre sus ojos y la mayor parte de su cara. Su ropa de caza de color claro estaba muy contrastado con el lustre de la vaina de laca negra de la espada que portaba en su costado izquierdo. 
            Se movía silenciosamente, cautelosamente, pero sus zancadas eran seguras; su aspecto soberbio. Sus ojos viajaban levemente sobre las diminutas cabañas que bordeaban la tranquila calle. Los aldeanos no se dejaban ver por ninguna parte, aunque el sentía unos ojos siguiéndoles mientras pasaba por delante de las casas. Se habían refugiado del sol, pero hubieran entrado dentro aún en día nublado para evitar el contacto con este guerrero misterioso.
            El samurai estaba satisfecho. No quería encontrar a nadie que pudiera retrasar su búsqueda del artista Hirata . Las ordenes de su Señor, uno de los más fiados Daimyo del Regente Hideyoshi, eran explicitas: debe encontrar pronto a Hirata y convencerle, por cualquier medio que creyera conveniente, que tenía que entregar a su hermosa hija, Okane, al palacio de Edo. Ella será un gran regalo para el poderoso Hideyoshi y traerá mucho honor y favor a su Señor. Le avisaron al samurai que no le permitirían el privilegio de una muerte honorable si fallaba. En vez, lo desterrarían a Corea, donde se uniría al ejecito de Hideyoshi en su intento inútil de conquistar aquella península misteriosa. Serviría como el más humilde de los soldados y seguramente sufriría una muerte ignominiosa.
            No le preocupaba su destino al samurai, porque estaba seguro que no fallaría. Los aldeanos tenían miedo y estaban desarmado. Hirata era un hombre viejo. No tendrá ningún problema en cumplir su misión con éxito. 
            Sin embargo, le habían advertido que no debería tomar ligeramente a Hirata. Era un ninja, un miembro del clan que había hostigado las fuerzas de Hideyoshi mientras viajaban desde Edo a Kyoto antes de que fueran aplastados por el gran poderío del Regente imperante. Se rumoreaba que él había causado muchas muertes de modos horribles y taimados, y solamente le permitían vivir porque Hideyoshi no estaba deseoso de continuar esta guerra derrochadora contra estos campesinos aterradores en un momento cuando estaba tan involucrado con otras campañas más importantes. Volvería a ellos más tarde, cuando sus guerreros retornaran desde Corea, y les exterminaría. Mientras tanto, había una paz.... una paz de odio y desconfianza.
            Una sonrisa atravesó la cara del samurai mientras recordaba su encuentro con un comerciante que conocía a Hirata. Sucedió en unas 50 millas de la aldea. Ël había compartido una botella de sake con el comerciante gordo y jovial, que se sentía relajado por la conversación, cortes y sin importancia, y suavizado por al vino. Era en aquel momento que el samurai sacó el tema de Hirata. ¿Le conocía el comerciante? ¿Sabía donde vivía? ¿Conocía sus costumbres? ¿Sabía de los poderes que poseía?. El comerciante contestó si a todas las preguntas.
            “No quiero saber porque busca usted a Hirata,” –dijo el comerciante. “temo que el conocerlo será peligroso. Tan peligros como puede ser Hirata. No se deja engañar por su edad y comportamiento quieto. Hirata es un hombre tortuoso, como todos los ninjas son hombres tortuosos. A dominado el uso de los venenos, por esto no debe usted aceptar nada de la comida o bebida que le ofrezca. Y no deje que le toque a usted. Han dicho que esconde sus manos unas agujas revestidas de veneno de una potencia mortal. Aunque es usted joven, y fuerte, resultará ser un oponente digno, si le busca como oponente.
            “Vive al final de la aldea, en una casa situada encima de un otero flanqueado por un riachuelo pequeño. Vive con su hija, Okane, la flor más bella que ha crecido en Honsh, que le sirve y la honra como si fuera un Señor poderoso. Vive en paz ahora, trabajando en su arte desde el amanecer hasta el anochecer. Pero no se equivoque por esta serenidad. Es peligroso. Es tortuoso. “
            El samurai estaba satisfecho con la información que recibía del comerciante borracho, y ahora, mientras se acercaba a la casitas pequeña encima del otero, tenía confianza en que su misión le saldría bien.
            El samurai tuvo que agachar la cabeza para ver a través de la puerta abierta de la casa de Hirata. Debido al deslumbramiento cegador del sol del mediodía, sus ojos tardaron unos momentos en acostumbrarse a la habitación sombría. Estaba amueblada sencillamente... casi estéril. Unos pocos tatamis en el suelo, un juego de té de diseño simple sobre una mesa baja en medio de la sala, un hornillo y utensilios de cocinar en el rincón distante. Una lámpara colgaba del techo, pero ofrecía poca iluminación. La mayoría de la pared opuesta estaba abierta para revela r un pequeño jardín, bien cuidado, de rocas y árboles. En el centro de la abertura, destacado contra la luz, una figura se sentaba con las piernas cruzadas frente a una mesa baja. Estaba pintando, observo el samurai, con pincel y tinta, y estaba tan absorbido en su trabajo que no se percató, o no parecía percatarse, en la figura alta en el portal.
            “Busco un hombre llamado Hirata.” –La voz del samurai resonaba con autoridad.
            Lentamente sew enderezaba la figura de la mesa y, sin volverse, contestó.
            “Soy Hirata. ¿Cómo puedo servirle a usted?”.
            El samurai entró en la habitación, echando sus hombros hacia atrás y apareciendo aún más masivo que era en realidad. Se acerco a Hirata con pasos firmes. Impresionaría al artista con su poder inmediatamente. Estaba seguro que no habría problemas.
            “Soy de Mito, y traigo una oferta que honrará a su casa “.
            Hirata se levantó lentamente y se volvió. Era delgado y más alto que parecía cuando estaba sentado. Se vistió una Hakama por encima de su sencillo kimono blanco. Su pelo era abundante y largo, tocado de gris. Una pequeña barba escasamente cubría su barbilla. Le asombraba al samurai que la cara del artista no tenía arrugas, que sus ojos eran claros y llenos de vigor. Pero más le impresionaba las manos de Hirata. No parecían encajar con su cuerpo eran grandes y fuertes... las manos de un hombre de gran fuerza... de un guerrero.
            “Ya me ha honrado por haber entrado en mi humilde casa.”  -dijo Hirata mientras se inclinaba ligeramente apretando sus manos entre si.
            El samurai no devolvió la reverencia. Establecería de inmediato quien era el superior, aunque significaba insultar a su anfitrión. Hirata no parecía notarlo o simplemente ignoró la grosería.
            “Le ofrezco algo de té. O tal vez prefiere sake.” –dijo indicando hacía la mesa en medio de la habitación.
            El samurai declinó. Se pone en marcha rápidamente, pensó.
            “Estoy ansioso para volver a Mito con su regalo para mi Señor, Hideyoshi.” –dijo el samurai mientras empujó el sombrero hacía atrás hasta que colgaba encima de su espalda por la cuerda que lo había sujetado debajo de su barbilla. Hirata le miraba a la cara con calma. Era una cara cruel y ruda; una nariz ancha separaba a unos ojos profundos y malvados. La barbilla era cuadrada y firme, y una sombra azul escasamente escondía unas mejillas destrozadas por la sífilis. Este es un hombre que ha matado a muchos sin remordimiento, pensó Hirata. Y con la más mínima provocación, mataría de nuevo.
            “Me siento adulado que cree que tengo algo digno de ser un regalo para el gran Hideyoshi.” –dijo Hirata humildemente. “Pero como puede ver, esta es una casa simple. Tengo posesiones simples y mi arte es de mediocre calidad, más apta para quemar que para un obsequio.”
            El samurai miró a Hirata fríamente. Es un hombre sagaz. No se como se ha enterado, pero sabe porque estoy. Aquí ahora veremos si es tan valiente como sagaz.
            El samurai sacó su espada y la colocó contra la mejilla del artista. Con la presión más tenue, hizo un corte pequeño. Hirata se quedó inmóvil y silencioso mientras la sangre escurría por su barbilla y goteaba encima de su kimono blanco.
            “No quiero su arte cruda ni sus posesiones simples.” -gruñía el samurai. “El regalo por el que he venido es su hija. ¡Traédmela enseguida!.
            Hirata miró fijamente, sin emoción aparente, al samurai, pero a la medida que éste elevo la espada, golpeaba sus manos dos veces, y una chica joven entró desde el jardín. Era la muchacha más hermosa que había visto nunca el samurai, una figura pequeña y delicada, escasamente de 13 años, con una piel que era casi transparente, unas facciones perfectas, un tipo apuesto. De verás ella era un premio digno para cualquier rey. Su Señor estaría contento y le recompensaría generosamente.
            “Actúa con sabiduría, no con honor ni con valentía.” –dijo el samurai con desprecio. “Le pago por su obsequio con su vida. Ven, Okane, la llevo a una vida muchísimo mejor. Una vida de servicio para nuestro Señor Hideyoshi.”
            Con su espada todavía desvainada, el samurai cogió la mano de la asustada Okane, la llevó hasta la puerta. Ella no ofreció ninguna resistencia ni miraba a su padre, que no se había movido ni profería ninguna palabra. En la puerta, el samurai volvió hacía Hirata.
            “Ahora sería un buen momento para que usted disfrute de algo de su té y sake.” Enfundó su espada y anduvo triunfalmente a lo largo de la calle de la aldea con Okane corriendo par ir a su paso.
            La taberna estaba casi desierta cuando entraron el samurai con Okane. Inspeccionaba la sala grande desde la puerta, una precaución que se había convertido en costumbre en todas sus misiones. Estaba agotado por la constante vigilancia que tuvo que mantener desde su salida de la casa de Hirata y quería nada más que una buena comida, algo para beber y un poco de reposo. Estaba contento de ver al comerciante que había encontrado en su visita anterior consumiendo un manjar de arroz y pescado cocido en el distante rincón. Sus ojos se encontraron y el comerciante sonrió e indico que el samurai se uniera a él.
            El samurai se sentó fatigosamente encima del delgado tatami que estaba extendido delante de la mesa y trago con ganas la copa de sake que le ofreció en comerciante. Okane se sentaba resentidamente a su lado, sus ojos mirando hacia abajo e hinchados con lágrimas sin derramar.
             “Le doy las gracias por su hospitalidad y los consejos valiosos que me dio cuando nos encontramos la primera vez. Brindo por su salud y su futuro,” – dijo el samurai, y apuró una segunda copa de sake.
            Ahora que estaba sentado sintió el cansancio recorrer su cuerpo. Se sentía mareado, como si hubiera bebido demasiado. Pero entonces sus brazos parecían de plomo, sus piernas palpitaban y un dolor punzante corría a través de su pecho. El comerciante sonreía y estaba hablando, pero tuvo que concentrarse mucho para oír lo que decía.
“Hirata le da las gracias por su regalo de la vida. Para pagarle ahora le quitará la carga de su hija indigna de sus cansados hombros. El siente que le pareciera bien rechazar su hospitalidad durante su visita  su casa. Sabe que era un descuido de su parte y ha mandado su sake favorito para aliviarle y calentarle.”
El comerciante se levantó y, cogiendo a Okane por la mano, anduvo lentamente hacía la puerta. El samurai quedó sentado, paralizado, sin poder pararle.
“Le advertí.” –dijo el comerciante mientras salía por la puerta.
“Hirata es un hombre tortuoso. Todos los ninjas somos hombres tortuosos”.

El secreto de la via del sable.


Un joven fue un día a acercarse a un Maestro de Kenjutsu para ser un alumno. El maestro acepto y dijo: “A partir de hoy, tu iras cada día a cortar troncos en el bosque y a buscar el agua en el río.” Esto fue lo que el joven hizo. Depuse de tres años, se dirigió al maestro y le dijo: “Yo he venido para aprender la esgrima y hasta ahora ni siquiera pasé la puerta del Dojo...”.
            “Muy bien, -le dijo el Gran Maestro-, pues hoy tu entraras.” Sígueme. Y desde este momento, tu haces toda la marcha alrededor de la sala, pisando cuidadosamente el borde del tatami pero sin traspasarle jamás...
            El discípulo practicó el ejercicio durante un año, al fin del cual él se encolerizó hasta tal punto que se dirigió al Maestro y grito: “Me voy, no he aprendido nada del arte que vine a aprender, me voy...”
            “No, -le dijo el Maestro- hoy voy a continuar enseñándote. Ven conmigo...”
            El Maestro llevó al joven frente a una montaña, seguidamente al borde de un precipicio enorme. Un tronco de árbol estaba haciendo de puente sobre el vacío...
            “Pues bien, pasa para el otro lado”, dijo el Gran Maestro al discípulo, que estaba lleno de terror.
            Mirando al abismo, lleno de miedo y de vértigo, el joven estaba paralizado. En ese momento llega un ciego, que tanteando con su caña, sin rechistar, se mete sobre el frágil pasaje y pasa tranquilamente. 
            No fue preciso más para que el joven perdiera el miedo y a su vez pasará rápidamente al otro lado.
            Su maestro la grita: “Tu dominaste el secreto de la esgrima: abandonar el ego, no temer a la muerte, ser indiferente a las circunstancias adversas. Cortando troncos, desarrollaste la musculatura, marchando con atención al borde del tatami perfeccionaste tu equilibrio, y mira, hoy tu comprendiste el secreto de la “Vía”, creo que serás entre todos el más fuerte...

El valor de las cosas

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...- y haciendo una pausa agregó: - Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado, maestro - titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
-Bien - asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-58 monedas??!-exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.
 
TaesungKwan Hapkido "sistema Libre"
Hapkido En Argentina

Concentración

 
        Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen que era reconocido por su destreza como arquero. El joven demostró una notable técnica cuando le dió al ojo de un lejano toro en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro. "Ahí está", le dijo el viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!". Inmutable, el maestro no desenfundo su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo. "Ahora es tu turno", dijo mientras se paraba graciosamente en tierra firme. Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro. "Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que te hace errar el tiro".   

En las manos del destino

             Un gran general, llamado Nobunaga, había tomado la decisión de atacar al enemigo, a pesar de que sus tropas fueran ampliamente inferiores en número. Él estaba seguro que ven-cerían, pero sus hombres no lo creían mucho. En el
camino, Nobunaga se detuvo delante de un santuario Shinto. Declaró a sus
guerreros:
-Voy a recogerme y a pedir la ayuda de los kamis. Después lanzaré una
moneda. Si sale cara venceremos, si sale cruz perderemos. Estamos en las manos
del destino.
Después de haberse recogido unos instantes, Nobunaga salió del templo y
arrojó una moneda. Salió cara. La moral de las tropas se inflamó de golpe. Los
guerreros, firmemente convencidos de salir victoriosos combatieron con una intre-
pidéz tan extraordinaria que ganaron la batalla rápidamente.
Después de la victoria, el ayuda de campo del general le dijo:
-Nadie puede cambiar el destino. Esta victoria inesperada es una nueva
prueba.
-¿Quién sabe? -respondió el general, al mismo tiempo que le enseñaba una
moneda... trucada, que tenía cara en ambos lados

Zen

Un estudiante de artes marciales se aproximó el maestro con una pregunta. "Quisiera mejorar mi conocimiento de las artes marciales. Además de aprender contigo quisiera aprender con otro maestro para aprender otro estilo. ¿Que piensas de esta idea?"
"El cazador que persigue dos conejos", respondió el maestro, "no atrapa ninguno